El papel del intelectual hoy

Años después de empezar un nuevo siglo que garantiza desarrollo en ciencia y tecnología, que defiende su noción de tolerancia y se sitúa de intensamente globalizado…

La realidad es que la humanidad no se encuentra tan alejada, e incluso queda devastada en una continua repetición y reproducción de problemáticas planteadas hace siglos por intelectuales, escritores, y por hechos históricos que más que marcar consecuencias, estaban gritándolas.

Y, ¿qué licencia tenían intelectuales y escritores de siglos anteriores para denunciar y reflexionar sobre las formas de poder y orden? Estos personajes seleccionados de la historia, gracias a su interés y conocimientos sobre humanidad, historia, cultura, artes o ciencias; podrán reflexionar desde distintas perspectivas sobre las formas de sociedad, el pasado, distintas culturas y formas de poder.

Estos estudios y conocimientos, este interés en comprender el mundo – y las personas necias jamás lo creerán – fue lo que dio vida a la voz de estas personas, no tan diferentes de cualquier individuo que le preocupe lo que sucede a su alrededor.

Una voz que ha aprendido a cantar, podrá crear verdaderas melodías. ¿Podríamos añadirles a su ‘’legitimidad’’ también un componente que algunos llamarían “don” o “genio”? Puede ser, que estos personajes seleccionados de la historia posean cierta sensibilidad, empatía, interés en la reflexión; que otras personas que no tengan o no necesiten la capacidad de pensar en aquello que oculta la superficie del mundo. No obstante, no hay que culpar del todo a los segundos, pues miles de formas de poder les ha animado a acomodarse y a no desear explorar un poco más.

Pero aquellas personas reflexivas, aquellos intelectuales, o escritores desde un determinado momento de la historia de la sociedad, creyeron que su deber era debatir, reflexionar, hacer crítica o sátira, denunciar aquellas situaciones que no se ajustaran a los principios de los derechos de los humanos, gracias a su capacidad por comprender y querer cambiar el estado de las cosas a favor de la humanidad.

Y verdaderamente, muchas personas se han puesto a disposición de aquellos que se alzaron a defender sus derechos algún día (incluso cayendo en dejar a cualquier institución reflejar sus opiniones, como un partido político o un grupo social). De cierta manera sus voces eran dignas de escuchar, causando reflexión; y la responsabilidad en el papel del intelectual y/o del escritor pudo haber sido crítica, pero el avance de la humanidad, ha diluido de alguna manera su voz.

Hoy, una gran parte de los individuos del siglo XXI son animados subliminalmente a encargarse de asuntos superficiales, de sus propios asuntos. Son animados a elegir como camino vital aquello que sea suficientemente aplicable al ámbito profesional, animado a interesarse en los debates que el mismo estado propone, y pensarán algunos que estas formas de cultura y de reflexión son terriblemente delimitantes, como si se intentara no desviar al individuo de unos parámetros impuestos o coartarle.

Otra parte de la población de nuestros siglos, ha encontrado un gran regocijo en el poder, los bienes y la comodidad; cuya plena obtención disminuye en gran medida la libertad o estabilidad de otras personas, ocupadas en reflexionar sobre las superficialidades del día a día, sin percatarse de lo que verdaderamente ocurre a su alrededor.

Pero, ¿Cómo iba a estar aun en vías de desarrollo la noción de igualdad y libertad? Hoy en día, es necesario creer en el poder de llegar hasta donde uno se lo proponga gracias a que este es un mundo en el que todos pueden llegar a donde quieran.

La persona de a pie, sin embargo, debe tener mucho cuidado hasta dónde quiere llegar, ya que no debe alejarse del límite impuesto por aquellas personas que ven en peligro su amplia libertad.

Por todo ello se anima al hombre a indagar en todo lo que obedezca a ciertos parámetros; se le anima a posicionarse en un sinfín de opciones – gustos, tendencias, juegos, nacionalismos, música, moda, deportes etc. – Y dicha colectividad se sentirá altamente ocupada.  Pero, ¿Qué se esconde detrás de esa gran sonrisa en forma de pegatina que se le ha puesto a cada uno de los hombres en el rostro? Se esconde una voz.

La voz del escritor o del intelectual, puede ejercerle una fuerte presión al ver miles de sonrisas silenciosas a su alrededor, conformes con una vida tranquila, suficiente y “genial”; y serán los intelectuales los que se verán en la responsabilidad de reflexionar y ocuparse sobre temas que en el ámbito superficial no tienen mayor importancia hasta que uno no se pone en contacto directamente con ello.

Hablamos del medio ambiente, de la posición del arte en nuestra sociedad, sobre educación, condiciones laborales, del multiculturalismo y el racismo, el derecho a elegir una sexualidad sin ser coaccionado, se atreverán a pensar sobre la guerra, sobre los medios que las esconden y sobre las formas de poder que las provocan.

Mientras tanto, contemplarán también a un gran nombre de personas, ocupadas en sus sinfines de opciones del día a día: “¿Qué ropa me pongo hoy? ¿Qué comida, o película elijo hoy?¿A qué lugar voy? ¿En qué foto se adapta más mi persona a los preceptos de moda, o al canon de belleza actual?”, sin pensar en los millones de procesos anteriores que están, irrevocablemente, guiando su conducta y su vida.

Es entonces cuando el intelectual se ve a sí mismo, intentando evitar las trampas expuestas en las modas, en las redes sociales, en la televisión y en la prensa, la política, la religión, etc.  E intentarán seguir explorando el mundo con otros ojos; pensando a veces que debe explorarlo de manera sigilosa ya que si grita “¡Despertad!”; el mundo pensará que es él quien está dormido.

Así que, la posición del intelectual es difícil, si este tiene a un público que no quiere sintonizar su programa de radio, o que está demasiado ocupado en escuchar los Top Hits del momento. No es hasta que alguien ataque con un ladrillo y con un megáfono la libertad del hombre, que el individuo del siglo XXI no empezará a preguntarse por aquellas palabras absolutas que no paran de reaparecer en el debate mental que mantiene consigo mismo el intelectual ya no como palabras absolutas, sino como relativas: Justicia. Pobreza. Libertad. Paz. Guerra.

Los intelectuales más valientes no han dejado de hablar sobre estos temas, e indagar sobre aquello que a simple vista y aun en nuestra época no se puede comprender aun, por mucho que el público pueda mirarle como aquel Sócrates que pasea por una plaza, o aquel que grita “Dios ha muerto.”.

Hay muchos de ellos que se agrupan en forma de manifestaciones de contenido artístico, musical o ideológico, que llegan a penetrar en la mente de muchas personas iniciándoles o reafirmándoles en su pensamiento; pero desgraciadamente hay muchos intelectuales que se acostumbrarán al silencio…

Si bien Edward Said afirma que el intelectual debe oponerse al silencio, algunos responderían diciendo que la mente del intelectual jamás se encuentra desactivada o en silencio, y no renunciará nunca a su deber, castigo o don de pensar el mundo de forma diferente, y sentirse a cargo de responder ante los ataques del poder, intentando despertar a la población dormida sin caer en la pasividad.

 

Pero lo más peligroso de que sean pocos los que reflexionen sobre los temas mencionados, es que cuando aparezcan debates en el ámbito social que realmente merecen ser tratados por su urgencia o contingencia, como últimamente el tema del terrorismo tanto por parte de países occidentales como orientales, el racismo como consecuencia, y el miedo como reacción; probablemente nos encontremos a una población que no esté preparada para la actuación ante las problemáticas mencionadas, cediendo sus voces otra vez, a aquellos que creen que les representan como el estado, gobierno, la iglesia o el poder; sin saber que probablemente lo único que buscan estas instituciones sea su mayor comodidad, libertad o beneficios.

 

Aun así, es fácil observar la opinión de la población desde la lejanía gracias, nada más, y nada menos, que las redes sociales divulgadoras de cualquier voz que tenga acceso a este medio – ya más fácil que hablar en una revista, conferencia, en la televisión o en la radio- y podemos ver en consecuencia cómo aumentan las innumerables opiniones.

 

¿Cómo actuar ante la divulgación masiva de la opinión? Está claro que todo aquel que se encuentre en un estado libre, física y mentalmente, tiene derecho a opinar sobre los asuntos que suceden, pero no debería darles miedo a aquellos que quieren ante todo tener perspectiva, fundamentos y conocimiento previo antes de hablar; afirmar el peligro que deviene de esas innumerables voces aplaudiendo la primera idea que subliminalmente es vendida por las formas de ocio o la sociedad en sí misma, a pesar de que esta situación se repita continuamente, el trabajo del intelectual no debería ser alzarse en una batalla ideológica con cada persona que responda a esta premisa, pues esta forma de actuar solo empeoraría las cosas y debemos dejar a las personas interesarse naturalmente por lo que sucede a su alrededor (y por qué no, incidir subliminalmente siguiendo el muy famoso “el fin justifica los medios”).

 

Así, es necesario continuar en aquella incesante lucha que fundamenta las opiniones que, al fin y al cabo, aplicamos a nuestro entorno a diario. Aquellas que se refieren a las personas, a los países, las culturas, el ocio, la educación, la economía o política.

 

Y se puede pensar que el papel del intelectual en nuestros días es no olvidarse nunca de recordar esa lucha que aboga por no dejar que nadie hable por uno mismo, y si por ello debemos aceptar en primera instancia el hecho de no tener una opinión fundamentada respecto a algo, no significaría ningún pecado indagar, explorar o reflexionar acerca de lo que ocurre a nuestro alrededor – configurándonos, de hecho, a nosotros mismos –; al contrario, sería mejor que posicionarse como aquel pretencioso que afirma saberlo todo, o que no quiere afirmar nunca que no sabe nada.

 

El hecho de compartir el papel del intelectual, significa respaldar un mejor ámbito para todos, pero sin entrar en términos utópicos, diremos que el simple papel del intelectual es no cesar, seguir investigando, evitar el silencio coincidiendo con Edward Said; no ser triste por sentirse revolucionario citando a Foucault y, sobre todo, no dejar de reflexionar sobre lo que sucede a su alrededor porque en última instancia, eso es lo que más le define como persona y lo que más le servirá para ayudar, crear arte y progresar en la facultad del pensamiento

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