¿Por qué funciona la autoficción en París no se acaba nunca?

En las escrituras del yo contemporáneas se ha producido una ruptura en cuanto a la autobiografía tradicional. De ahí nace el término de la autoficción en el 1977 cuando Doubrovsky define a su novela como una ficción con hechos reales. ¿Es posible asimilar el relato de Vila-Matas, París no se acaba nunca bajo el velo de la autoficción? No es fácil reducir la obra a lo que en primera instancia podríamos entender como un nuevo género literario de las escrituras del yo, por ello habría que comprender antes los matices.

Autoficción, término que proviene de la unión de autobiografía y ficción, es también considerado un género ambiguo, e incluso ha sido planteada su legitimidad como género. No son arbitrarias estas cuestiones, ya que se puede enmarcar o estudiar la autoficción desde diferentes panoramas, e incluso asimilar obras muy diferentes entre ellas bajo su legado. Debido a ello, lo que sí es cierto, es que muchos autores, uno de ellos Vila-Matas, han querido jugar, hablando en términos literarios, a partir de la autoficción.

¿A qué responde esta nueva propuesta literaria? La trayectoria de las escrituras del yo asimila diferentes textos, y su matriz recae en el uso de la biografía como pretexto o como hilo conductor. Podemos hablar en estos términos de textos como las Confesiones de San Agustín, de los Ensayos de Montaigne o de biografías mas contemporáneas como las memorias de holocausto de Primo Levi o Ruth Klüger. Estos son relatos diferentes entre ellos, que reflexionan sobre temas desde la fe hasta la amistad o la política, o incluso hacer una introspección personal que acabará formando parte de la memoria histórica. Pero todos ellos, de alguna manera u otra, se acaban sirviendo de la autobiografía. La recepción de algunos de estos relatos, sobretodo en los más contemporáneos, se rigen por el pacto autobiográfico en el que los lectores se comprometen a dar credibilidad a lo que leen, puesto que se entiende que el autor se ha comprometido a decir la verdad. De todos modos, hay un gran trecho entre el pacto autobiográfico y el pacto novelesco, en el que el lector ya sabe que lo que va a leer es ficción y no le pide al autor lo que le pediría si se hubiese hecho un pacto autobiográfico.

El problema aparece cuando el lector sospecha del pacto autobiográfico, que podría considerarse incluso una sospecha buscada deliberadamente por el escritor. ¿Qué ocurre cuando el autor quiere mezclar autobiografía y ficción? Siguiendo el rastro de las escrituras del yo en la modernidad, donde el lector ya tiene datos sobre la vida de un escritor, no hay cabida ya para la invención autobiográfica bajo el titulo de autobiografía. Es posible que este se oculte en lo que en nuestro campo denominamos novela autobiográfica, también hija de las escrituras del yo. En la novela autobiográfica encontramos a un autor, que bajo el manto de la ficción esconde pequeñas dosis de autobiografía. Este no es un crimen pues el autor no ha confirmado en ningún momento que su obra sea autobiográfica, sino más bien, ficcional. La transmutación hacia la autoficción empieza cuando el autor proclama que su texto es al mismo tiempo autobiografía y ficción, haciendo que la lectura de dichos textos sea más ambigua y quepa la posibilidad de una lectura ficcional y también autobiográfica, que se puedan aplicar asimismo los dos pactos. Para llegar a esa correlación en apariencia contradictoria primero hay que reflexionar sobre la ambigua relación entre la autobiografía y la ficción o vida y literatura.

¿Qué es la vida para los escritores? O mejor, ¿Qué es el yo? Con esta pregunta entramos en diálogo con el marco cultural del siglo veinte, pues hay quien afirmará que el yo es un lugar de paso, incluso ambiguo. En otras palabras, la relación del humano con la realidad o con el mundo ya no es la misma que en los años de la ilustración, de eso se hace cargo el debate sobre la posmodernidad tan bien articulado por algunos teóricos del siglo veinte como Lyotard; al proclamar que los grandes relatos y las verdades absolutas son ahora cenizas. Todo es relativo y nada es lo que había sido. La segunda guerra mundial ha aniquilado los restos de lo considerado humanidad, el psicoanálisis derriba lo que creíamos entender como identidad, incluso literatura y lenguaje han sido puestos en evidencia con la deconstrucción. El protagonista de la autoficción es un sujeto en desarmonía con una realidad cada vez menos resistente a cualquier definición, más ambigua y frágil. Y también el mismo empieza a notar esta fragilidad respecto a si mismo, pues ya no es principio de verdad ni tampoco lo son sus recuerdos. Rescatamos al psicoanálisis en este momento, ya que pone en crisis la identidad haciendo visible la fragmentariedad del sujeto. De esta manera resultará imposible volver a tratarse a uno mismo desde el intento de la autobiografía, que pretende ser fiel a los hechos, a una cronología y pretende dar certeza.

La autobiografía ya no es el único medio para entenderse a uno mismo. Se puede explicar gracias a una latente reflexión sobre la subjetividad como relativa, ambigua y en devenir, que no coincide con una concepción de la identidad estancada o lineal como era considerada antiguamente. Y del mismo modo se reivindica la consideración de la memoria y los recuerdos como algo subjetivo, no lineal e incluso flexible, incluso con tendencia a la ficción. Tanto memoria como sujeto se encuentran en continuo movimiento, y resultaría incluso difícil constatar como reales los hechos o a nosotros mismos de forma estática. Podría considerarse que de esta crisis de sujeto tiene lugar la autoficción.

La ficción como posibilidad de narrarse y de dialogar con uno mismo, de autoinventarse o autocrearse se va abriendo camino en las escrituras del yo. Rompiendo esquemas y pactos, el escritor encuentra una nueva vía para recolocar sus recuerdos. Parafraseando a Vila-Matas, la escritura ahora puede servir para modelarse a uno mismo, construirse su personalidad e incluso biografía. Como todas las producciones que surgen de la autoficción, juegan de forma diferente y desde diferentes perspectivas, pues cada uno tiene su propia historia, y por tanto, su propia forma de escritura; no es para menos París no se acaba nunca, donde no es difícil encontrar el vehículo que articula la obra o la pasión del autor: la literatura. Si bien ha dejado de ser un joven errante en París, los años han convertido a Vila-Matas en un gran escritor que encontrará en la autoficción diferentes modos de aplicar la literatura a sí mismo. La reflexión y la forma ensayística, la lectura de los recuerdos le proporcionan diferentes modos de pensarse y releerse, incluso materializando esta lectura de forma simbólica y ficcional en la propia obra, pues en esto recae el juego literario de París no se acaba nunca. La pasión por la literatura, como ya vemos en otros textos del mismo autor, puede provocar que una persona no considere su vida suficiente, o dicho de otra manera, puede buscar que su vida sea un poco más. Esto provoca que se use la alianza con la literatura como modo de transgredir las reglas, para utilizarse a uno mismo como objeto literario, pero que al mismo tiempo, el juego al que se propone a él mismo le sirve de ejercicio para analizarse a si mismo, para entender su vida, sus recuerdos fragmentados, para crearse, dar final a historias de por si inacabadas o para incluir en sus vidas elementos que, si bien no han pasado realmente, han sido para el autor elementos dignos de aparecer en ella. Es indiscutible el tono terapéutico o de práctica literaria de la autoficción, pero existe una dimensión radicalmente diferente en cuanto al lector.

El lector que se acerca a un texto autoficcional puede ser consciente de ello y predisponerse a la sospecha y a la duda, pero aquel que no lo sabe, se enfrentará sin dudarlo a diferentes momentos de cuestionarse si la novela es autobiográfica realmente, o si da saltos ficcionales. Bien, partimos de que el lector de una autobiografía convencional es probable que se encuentre en ocasiones en las que se pregunte si algunos hechos son realmente autobiográficos, si realmente han ocurrido, o si el autor los ha articulado en su novela para darle más matiz o resultado, no obstante, le dará credibilidad, se trata de una sospecha leve que no acabará figurándose. El problema empieza y acaba en no más de dos pensamientos, incluso resultaría fácil para el lector comprobarlo.

Como lectora, incluso de forma paralela, de un texto autoficcional y de una autobiografía; podría decir que resulta incluso más interesante enfrentarse a un texto autoficcional. Sin restarle interés a las autobiografías convencionales, sobretodo las más interesantes por su carácter histórico o su reflexión interna, enfrentarse a una autoficción es un reto para el lector. Podría partir ya desde la sospecha, o incluso detectarla a lo largo de la lectura, pero es más fácil para el lector de textos autoficcionales simplemente dejarse llevar por lo que el autor quiere relatar. Sí, encontramos matices de la personalidad del autor, incluso algún que otro hecho verídico; encontramos también una dosis increíble de ironía y humor respecto a sí mismo, y situaciones tan inverosímiles que tienen que haber sido directamente extraídas de la ficción. El lector debería proponerse restarle importancia a cuestionarse si estás son verídicas o no, y disfrutar del juego literario que establece el autor, de la personalización de sus ideas, de su visión sobre su propia vida. La autoficción no busca un lector que quiera constatar, no busca historiadores, busca lectores curiosos y que sepan detectar los juegos de lenguaje y los juegos narrativos, y que reflexione a su alrededor. El autor busca hacerse conocer desde otra perspectiva, que no tiene que ser menos cierta porque no le haya ocurrido. Nos encontramos ante situaciones que ocurren en la mente del escritor, en sí mismo. Probablemente nos ofrecen mayor contenido que aquellas que suceden sin algún motivo. Cierto es que la autoficción podría servirle al autor para camuflar algunas anécdotas de su vida que no está dispuesto a revelar, pero si nos centramos en las que no revela, nos perdemos aquellas que sí. No cambiaría ninguna de las escenas de París no se acaba nunca, en las que el autor se impregna a si mismo de humor, ironía e incluso mala suerte, probablemente ficción, con una tarde aburrida en París donde el escritor no tenía ni idea sobre qué escribir.

¿Qué queda en claro?

La autoficción ha desatado muchas críticas y cuestiones a su alrededor. Pues al servirse de la autobiografía, se ha hecho inseparable de la misma en su reflexión. Podría decirse que, al intentar buscar su traición a la autobiografía hemos perdido el papel de la ficción en la autoficción, mas bien, el resultado de su vínculo. Es importante para ello constatar el servicio que la misma presta al autor, al ayudarle a materializar algunos juegos literarios, pensamientos escondidos, sus propia personalidad y su propia reflexión. La autoficción podría constituir la mejor fusión entre literatura y vida, y sobretodo para aquellos autores que no pueden desarraigarse de la ficción, y que al querer crear su autobiografía, tampoco se han separado de la misma. En el caso de Enrique Vila-Matas, en París no se acaba nunca comprendemos que la literatura juega un papel trascendental en su vida, y de la misma manera lo traslada a su obra en forma de práctica literaria. La filosofía de Vila-Matas recae en pensar que en una vida todas las posibilidades están abiertas, de la misma manera en la escritura.

Es más probable que use la autoficción como forma de transgredir la realidad y de jugar con ella, que para dotar a su relato de substancias que haga al lector interesarse más. De hecho, la obra busca un lector atento y erudito, que pueda entender las referencias que el autor le proporciona, pues en una misma obra somos partícipes de teoría y práctica, no solamente de entretenimiento garantizado por el uso de la ficción.

Por otro lado, también cabe resaltar el desafío que supone para el lector pues se enfrenta a una nueva forma de escribir la vida de un autor. Por su parte, no se enfrentará a un relato al que solo pueda ser testigo o espectador, sino que podrá reflexionar sobre la naturaleza de lo que el escritor está contando, concretamente en Vila-Matas, ser partícipe de los juegos literarios que hacen de ambiente en la obra. El autor consigue que nos relacionemos con un yo múltiple, hasta el punto de su propio desdoblamiento, consigue que acudamos a escenas reflexivas, irónicas, con humor; sin salir de lo cotidiano de su existencia, sin tener que acudir a una historia del todo inventada.

Podría decirse que la autoficción tiene las ventajas de la ficción y de la autobiografía, y los problemas serán lo que el lector quiera aplicarle, o si la obra en efecto no está bien configurada. Si el lector se acerca con la perspectiva de encontrarse con una autobiografía, o en su contrario, con una novela; encontrará problemas donde los busque; si en cambio nos acercamos a la obra autoficcionada sin ningún prejuicio previo, predispuestos a disfrutar del juego literario, podremos configurar muchas más interpretaciones. La clave debería ser abrir nuestro horizonte de expectativas para dejar que el autor nos transporte al mundo generado, sabiendo, y sin preocuparnos, que oscila entre vida y ficción.

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