Las ensoñaciones de un paseante solitario, Rousseau

ANTICIPANDO EL ROMANTICISMO

Probablemente Rousseau no sabía que sus Ensoñaciones significarían posteriormente lo que hoy conocemos como uno de los primeros textos que anuncian el Romanticismo.

Nos encontramos en una época de grandes cambios estéticos y filosóficos que hacen que intelectuales como Rousseau sientan la necesidad de ampliar los campos del conocimiento y encontrarán respuestas conociendo mejor la sensibilidad, la intimidad del yo o el placer. Este descubrimiento permite un desarrollo de los géneros literarios, que viene de la mano de pioneros como Rousseau, Diderot o Víctor Hugo.

El novedoso texto de este experimentado escritor no pasa desapercibido pues resultará ser uno de los primeros en hablar del hallazgo que significa el autoconocimiento, aunque ya en el S. XVIII se escribirían memorias, con las que se relataban hechos históricos desde la perspectiva de uno mismo, se producirá un desarrollo de este tipo de escritura para darle paso a la autobiografía, que se centra especial y únicamente en el individuo y en todo lo que este tiene que ofrecer. Rousseau tomará este formato recalcando que la experiencia de las ensoñaciones las escribirá posteriormente a haberlas vivido.

Este no será sino el paso anterior a uno de los grandes fundamentos del Romanticismo: El yo y su intimidad. Lo que vemos en el texto de Rousseau, que no escribirá como romántico sino como filósofo, es que tiene la necesidad de huir del ruido de la sociedad, dejar de intentar encajar en ella para empezar a encontrarse a él mismo y a su mundo interior. Se trata de una necesidad. El hombre ilustrado disfrutará de esta nueva etapa y esto producirá ese gran cambio de perspectiva que dará paso al Romanticismo. Gracias a la búsqueda de la intimidad el hombre encuentra una gran aliada, una compañera y una fuente de saber y de placer para él en esta nueva aventura. La naturaleza desempeña un papel muy importante en este relato como también lo hará en todo el período. Ambos temas tienen una muy buena relación durante toda esta nueva corriente como también lo tendrán en el texto de Rousseau.

El quinto paseo lo inicia halagando el lugar en el que se exilia. Es una isla cerca del río de Ginebra. El protagonista se siente a gusto allí, y comparte algo de su tiempo con la familia del recaudador, no sin desear escaparse de esas reuniones para seguir explorando el lugar y dedicarse a la ociosidad. Durante todo el ensayo el protagonista recalca la importancia que la naturaleza ha tenido en la aventura que ha vivido.

Al llegar a la isla verá que está alejada de la mano del hombre, que la isla es virgen e inexplorada, lo que entusiasma absolutamente al protagonista. El hecho de adentrarse en una isla en la que puede dar unos primeros testimonios, en la que no pasan coches ni personas, le hace descubrir paisajes antes nunca vistos y todo ello lo refleja en este paseo, utilizando adjetivos como salvaje o romántico, asimismo hará descripciones de muchos de esos paisajes, desde el río hasta las montañas, cascadas… Esto le resultará novedoso, le proporcionará un placer antes no conocido y saciará su curiosidad.

Poco a poco el protagonista se sentirá más a gusto en el lugar que ha encontrado para refugiarse, tanto que le gustaría quedarse para siempre a vivir allí y desentenderse de toda vida anterior que alguna vez hubiera tenido. Lo vemos así reflejado por la negativa que muestra el paseante al recibir correspondencia y tener que responderla, otro signo que nos demuestra que el protagonista quiere alejarse de la sociedad de forma total y que la única compañía que necesita es la naturaleza en su estado más primitivo.

Vemos también que el protagonista se muestra reacio a establecerse en su nuevo hogar, a deshacer sus maletas. Probablemente esto signifique su entusiasmo al empezar una nueva vida, en la que no necesita de momento incluir sus viejas posesiones, que rememoran su antigua vida. Quiere mantener ese momento lo más intacto posible, característica muy alabada en el período. En cambio llena su nueva habitación de flores y de plantas.

La botánica será para el protagonista, y para el propio Rousseau, su nueva pasión. La podrá alimentar recorriendo cada recóndito lugar de la isla para así poder recolectar y clasificar todo tipo de plantas. Esto responde en gran medida al anhelo del hombre ilustrado de observar, contemplar y clasificar la naturaleza, que aunque nos anuncie un nuevo período, no se aleja del todo del pensamiento ilustrado. La botánica será la actividad que con más pasión desarrollará durante el tiempo que vive en la isla, pues se adentrará de lleno en el estudio de las plantas de forma muy minuciosa, que disfrutará de inicio a fin.

 

Sin embargo este viaje de ensueño no durará para siempre, pues el paseante acaba marchándose de esta pequeña isla, y escribirá sus recuerdos más adelante.

El quinto paseo concluye reflexionando sobre el recuerdo, y el sentimiento que te proporciona dicho recuerdo. Nos dice el autor que existen ciertos recuerdos que te hacen sentir nostálgico, y vivencias en las que no piensas ni en el presente, ni en el pasado. Son experiencias tan perfectas y se nos presentan tan duraderas que no nos sentimos de manera alguna melancólicos[5].

La cuestión es que en esa clase de momentos no recordamos el pasar del tiempo, son momentos eternos. La eternidad de un momento viene acompañada en este caso por el goce de la naturaleza, como vemos en la cita que hemos añadido. El protagonista ha vivido muchos de estos momentos gracias a su aislamiento, y cuando ha pasado el tiempo, al volver a recordarlos se siente dichoso y no sentirá la melancolía que suele acompañar los momentos alejados de nuestro presente. Este tipo de momentos son los más perfectos.

De esta manera, cuando el protagonista vuelve su mirada atrás recuerda su estancia en esa pequeña isla, recuerda sus ensoñaciones, que parecen estar tan fuera de la realidad, no siente tristeza sino felicidad y dicha, aunque las circunstancias no le hubieran permitido quedarse más de dos meses en la isla.  Aunque el protagonista no se quede a vivir en la isla, este recuerdo lo tendrá para siempre. Recordará durante toda su vida cada olor, cada lugar de esa pequeña isla y cada sentimiento y sensación cuando estuvo en ella. Esta clase de recuerdos son los que la memoria deja intactos, con su perfección. Así los vemos relatados en las ensoñaciones, donde descubrimos que la naturaleza permitirá tener tanto intimidad como placer, y uno de los primeros en darse cuenta de ello será Rousseau.

Con el tiempo los escritores del Romanticismo desarrollarán en gran medida el tema de la naturaleza, incluso llegando a tratarla en su sentido más salvaje y peligroso, como lo es durante la noche como también transportándose a lugares exóticos o pasados pues el hombre romántico se siente fuera de contexto. La importancia del yo se mantendrá, pues se empieza a indagar en el poder del subconsciente, de la imaginación y el poder que ésta puede desempeñar en la creación. Probablemente el Romanticismo será el momento por excelencia del descubrimiento de las capacidades de la imaginación y del yo interior, algo que forjará los períodos posteriores y la percepción de uno mismo. El texto de Rousseau, aunque antiguo, lo entendemos a la perfección incluso viviendo y entendiendo muchos de los sentimientos y sensaciones que el autor quiere explicar, pues hoy en día seguimos encontrando un infinito placer al contemplar y sentirnos parte de la naturaleza.

Volveremos a retomar este tema a continuación.

Enfatizamos en el hecho de que sea una isla pues es un gran símbolo de soledad, lo remarcará asimismo Rousseau al relatar que la isla no tiene más que una gran casa donde se aloja el recaudador de la isla, su familia y sus criados.

 

“Las orillas del lago de Bienne son más salvajes y románticas que las del lago de Ginebra, porque las rocas y los bosques bordean el agua de más cerca; pero no son menos risueñas. Si bien hay menos cultivo de campos y viñas, menos ciudades y casas, también hay más verdor natural, más praderas, más rincones de umbría floresta…”

“En consecuencia con este hermoso proyecto, todas las mañanas tras el desayuno, que hacíamos todos juntos, iba lupa en mano y mi Systema naturae bajo el brazo a visitar un cantero de la isla que a tal efecto había dividido yo en pequeños bancales con la intención de recorrerlos uno detrás de otro en cada estación. Nada hay más peculiar que los embelesos v éxtasis que sentía yo a cada observación que hacía sobre la estructura y la organización vegetal, y sobre el juego de las partes sexuales en la fructificación, cuyo sistema era a la sazón completamente nuevo para mí. “

Pero si hay un estado en el que el alma encuentra un acomodo lo bastante sólido como para descansar en él por entero y congregar todo su ser, sin tener necesidad de recordar el pasado ni exceder del porvenir; donde el tiempo no exista para ella, donde el presente dure siempre sin señalar, no obstante, su duración y si huella alguna de secuencia, sin ninguno otro sentimiento de privación o de goce, de placer o de dolor, de deseo o de temor que el de nuestra existencia (…) en tanto dura tal estado, quien se encuentre en él puede llamarse dichoso, no de una dicha imperfecta, pobre y relativa, tal cual se halla en los placeres de la vida, sino de una dicha suficiente, perfecta y plena que no deja en el alma ningún vacío que ésta sienta la necesidad de llenar. Tal es el estado en que me encontré con frecuencia en la isla de Saint-Pierre en mis ensoñaciones solitarias, ora tumbado en mi barca que dejaba derivar a merced del agua, ora sentado en las riberas del lago agitado, ora en otra parte, a orillas de un hermoso río o de un arroyo murmurando por entre el guijarral.”

 

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